Disfrutar del amanecer en Urbión es un clásico Parteluz de las actividades de verano. Salimos hacia Duruelo de la Sierra la tarde del sábado 8 de agosto con el corazón un poco encogido. El cielo amenazaba tormenta y nosotros pretendíamos vivaquear en las laderas de Urbión. Tormenta y vivaquear, dos realidades incompatibles. Nada más salir de Burgos empezó a llover con toda su alma. El limpia-parabrisas no daba a basto. Pero el aguacero duró poco más de diez minutos, el cielo se limpió y las nubes no volvieron a amenazar.
Con el cielo despejado no acabaron nuestros problemas. Uno de nuestros coches al llegar a Salas de los Infantes siguió hacia Soria y no se dio cuenta de su error hasta bastantes kilómetros después. Los demás los esperamos en los columpios de Revenga. Juntos salimos hacia las laderas del Camperón en el término municipal de Duruelo de la Sierra, muy cerca de donde nace el Duero.
Una tradición de leyenda
Hacia las 9 de la tarde, buscamos acomodo para dormir en la zona del bunker. La inmensidad de los pinares de Soria-Burgos nos rodean. Tras la cena, ya de noche, para no faltar a la tradición, Serafín nos leyó La tierra de Alvargonzález, la famosa leyenda que Antonio Machado alojó en estas tierras altas entre Soria, Burgos y La Rioja. Nos acostamos sin muchas ganas, pero obligados por el madrugón que nos esperaba. En el cielo no cabían más estrellas por la altura y la limpieza del aire tras la tormenta.
Dos de los tres despertadores nos fallaron (o los que los habían puesto en hora), pero el de Himar sonó a las 4:45h, como habíamos acordado. Arriba todo el mundo, recoger a la luz cada uno de su linterna y bajar lo que no se iba a utilizar a los coches. Iniciamos la ascensión en una oscuridad casi absoluta porque no teníamos luna.
Los hitos renovados del antiguo camino de los forestales nos facilitaron una subida mejor que en años anteriores. Todavía noche cerrada llegamos a la cuerda que separa Soria de La Rioja. Por ella nos dirigimos hacia los murallones del Camperón. Por allí, avistando la hermosa laguna de Urbión (no la Negra) fue apareciendo la primera luz por el oriente. La sierra de la Demanda que se contempla desde allí se estaba desperezando.

Sorpresa en la cumbre
Llegamos a la cumbre de Urbión y nos encontramos que el horizonte por donde tenía que amanecer estaba empañado por una nieblilla que amenazaba nuestro objetivo. El cielo se fue llenando de luz y llegó el momento de amanecer y el sol no se veía por donde tenía que aparecer. Aún así, nos quedamos mirando en silencio el horizonte especialmente iluminado. No era lo que veníamos buscando, pero no había otra cosa y apetecía descansar.
Unos minutos después de amanecer, cuando nadie lo esperábamos, la bola rojiza del sol empezó a aparecer por encima de la neblina. La sorpresa y la alegría fueron grandes. Primero un fragmento del sol, después medio círculo de rojo intenso, hasta que apareció entero. Todavía durante unos minutos se podía mirar y allí estuvimos disfrutando del momento.
Cuando el sol empezó a molestar a la retina, iniciamos nuestro descenso hasta la gigantesca ventana de conglomerado cimentado en la que todos los años nos fotografiamos haciendo que la sustentamos. Después, al sol recién amanecido buscando rocas que nos cubran de un viento molesto, desayunamos. ¿Te apetecen estas pastas de mi abuela? ¿Y a ti, este chorizo de mi pueblo?
Finalizado el desayuno, nos dividimos los que conducimos los coches de los que viajan cómodamente en ellos. Los conductores bajamos por la senda que pasa por la boca más alta del Duero a algo más de 2100 metros. Los demás descienden por la senda que sube desde la Laguna Negra.


De regreso
Los primeros conducen algo más de media hora rodeando el macizo de Urbión y por Vinuesa suben al aparcamiento que sirve de lanzadera a los autobuses que acercan a turistas y montañeros hasta la mítica laguna encajonada entre paredones de conglomerado a casi 2000 metros. Los otros van descendiendo por una tranquila senda que les conduce encima de los paredones que encajonan la laguna. Por una grieta muy empinada descienden a las aguas oscuras de la Laguna Negra y de allí, por la carretera, bajan hasta el aparcamiento.
Reunidos de nuevo, aprovechamos los servicios del bar que ha instalado la Junta de Castilla y León para descansar un poco. Nos montamos en los coches que arden por haber estado aparcados al sol (no hay sombra) y descendemos buscando un reconfortante baño en las piscinas de Covaleda. Nos cuesta encontrarlas. Son nuevas y están en un lugar precioso, pero parece que han buscado un emplazamiento para que no vaya nadie por los vericuetos que hay que seguir para llegar a ellas. Estamos casi solos.
Un reconfortante baño y comida a la sombra de una especie de jaimas africanas. Descanso y nuevo baño antes de cambiarnos y salir hacia Burgos. Paramos en Salas de los Infantes para que los conductores descansen un poco y tener un cambio de impresiones. Todo el mundo contento, aunque algunos, que han venido durmiendo, lo siguen haciendo a pesar de tener los ojos abiertos. Recordamos actividades y el Oasis a finales de agosto y salimos. Un poco pasadas las 6 de la tarde estamos en Burgos.

